Recuerdo una frase que me dijiste un día y que nunca olvidé, no es textual, pero el mensaje que percibí es: «Yo me encargo de darte las herramientas necesarias para que puedas desenredar el ovillo de lana.”
Y, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que eso fue exactamente nuestra terapia. Herramientas, guía y una forma distinta de mirar aquello que yo sola no lograba ver. Cuando el camino parecía oscuro, tú tenías esa linterna que iba iluminando, poco a poco, cada paso, hasta que pude aprender a encontrar mi propia luz.
Admiro profundamente tu profesionalidad, pero sobre todo tu calidad humana. La dulzura con la que acompañas, la calma con la que explicas y la dedicación con la que siempre estuviste presente marcaron una diferencia enorme en mi vida.
Nunca olvidaré que, incluso fuera del horario de consulta, cuando te enviaba un audio porque necesitaba ayuda, siempre encontraba una respuesta. Me repetías una y otra vez que no eras mi psicóloga solo durante la sesión, sino siempre, y que podía recurrir a ti cuando lo necesitara. Saber que tenía ese lugar seguro fue, muchas veces, el impulso que necesitaba para seguir adelante.
Gracias por enseñarme que las respuestas no estaban en ti, sino que tú me ayudabas a encontrarlas dentro de mí. Gracias por cada herramienta, por cada conversación, por cada palabra y por creer en mí incluso cuando a mí me costaba hacerlo.
Hay personas que dejan huella, y tú, sin duda, eres una de ellas. Gracias por acompañarme en una de las etapas más importantes y difíciles de mi vida.
